Primer sueldo de Lucy Smith fue cincuenta centavos al mes
| 15 mayo, 2012 | Publicado en Todas |
Bienvenidos a un nuevo episodio de esta crónica, destinada a recordar con el mayor cariño y admiración la brillante trayectoria y penosa desaparición de la estrella de la radio que en vida se llamó Lucy Smith. Había debutado a los doce años en Radio Internacional, en Radio Club Infantil y con Lorenzo Humberto Sotomayor al piano. Había endulzando los corazones al son de El día que me quieras.
Pero nada fue fácil para Lucy Smith, emprendedora mujer que tras brillar como cancionista habría de incursionar luego como actriz de radioteatro y no pararía hasta ser la directora de su propia empresa productora, llamada Radioteatros Smith.
Apagada la aurora del debut, Lucy tuvo que emprender un largo recorrido por los linderos de la pujante y variable radiofonía nacional. Supo escalar paso a paso. Su madurez interpretativa despertaba incredulidad.
Aún se recuerda la agitada escena protagonizada por una emperifollada señora que llamaba persistentemente a Radio Internacional a acusarlos de estar engañando al público con una supuesta niña que, en verdad, era una adulta. Y la señorona no paró hasta presentarse en la estación radial. Dicen que hasta habló con Lucy preguntándole que dónde está niñita la señorita Lucy Smith. Soy yo, le respondió Lucy desde sus 12 años y la madama no lo creyó hasta escuchar el excepcional trino cantor de la niña sabia y deshacerse en disculpas y arrobos tardíos.
Calentaba todos los micros
Una de las primeras estaciones del recorrido exitoso de la por entonces llamada “Cancionista de Bolsillo” fue la recordada Radio Goycochea. Sus instalaciones se ubicaban en la avenida Abancay, bastante cerca del Parque Universitario. Para cuando la recordada Lucy Smith en las alas del misterio cayó al pavimento de la calle Marconi, primeras horas de 1950, en el local de Radio Goyeneche funcionaba un taller de mecánica. Todo era recuerdo.
El debut de Lucy Smith: El día que me quieras…
| 4 mayo, 2012 | Publicado en Todas |
He quedado comprometido tras haber podido leer los comentarios a un reciente post sobre la penosa desaparición, acaecida en las primeras horas del 1 de enero de 1950, de la estrella de la radio que en vida se llamó Lucy Smith. También he quedado contento, porque al comienzo no vi comentarios y cuando ya estaba resignado a enterrar ciertos temas sin acogida… una diligente colega, suerte de hada madrina, hizo clic y pude leer todos vuestros comentarios.
Y vamos. Lucy Smith había debutado con apenas doce años en los estudios de Radio Internacional una noche inolvidable de 1938. No se le conoce actuación artística alguna en su paso por aulas. Sea en el kindergarten de las hermanas Béjar o en las Canonesas de la Cruz. Corría el último tramo de la década del treinta y la niña adolescente rompió fuegos interpretando nada menos que “El día que me quieras”, tema inmortalizado por Carlos Gardel, para entonces recién fallecido en Medellín.
El día que me quieras
La madre de Lucy, la señora María Ariñez de Smith, habría de recordar por siempre la seguridad con la que su pequeña niña se desempeñó frente al micro. La presentación fue en un programa célebre: Radio Club Infantil, bajo la conducción de Maruja Venegas. La orquesta de la radio, acaso dirigida por Lorenzo Humberto Sotomayor, ejecutó los compases iniciales y de pronto Lucy empezó. “Acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar”. Entonada, acompasada, con el timbre ideal… su vocecita empezó a transmitir asombro desde el inicio. “Cómo ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar”.
La orquesta alimentaba el encanto con los acordes apropiados y el suspirar del éter, auroral la radio en esa noche de 1938, llevaba el trino virtuoso a todos los hogares del Cercado, del Rímac, de los Barrios Altos, de Breña, Magdalena, Lince, Miraflores y el mundo entero. “Y si es mío el amparo de tu risa leve, que es como un cantar”.
La mamá de Lucy y Maruja Venegas veían admiradas el nacimiento de una leyenda. Más tarde, pasados los nervios, hubo un gran alboroto festivo en la calle Tipuani, donde residía la familia Smith, y Maruja Venegas (que fue capaz de sostener su programa hasta por lo menos inicios de los sesenta cuando acudí a verla) soltó en aquella jornada inicial una frasecita que encierra toda la clave de lo que sería años después la presión de las redes sociales. “Un poco más y tuvimos que descolgar el teléfono”. Claro, hoy diríamos que apenas Lucy empezó a cantar el teléfono empezó a sonar como loco y la antena se calentó en extremo.
Y Lucy ahí, dotada de ese arte natural, consciente de su capacidad y disfrutando cada nota, cada sentimiento, cada latido de su gran expresión artística. “Ella aquieta mi herida, todo, todo…. se olvida” Ya para entonces Lucy había dominado a la audiencia, la rosa de su voz engalanaba la ocasión y la noche se vestía de fiesta. Como campanas locas al viento, las ondas radiales confirmaban el nacimiento de una nueva estrella. El diario La Noche, siempre oportuno, no dudó en ponerle a la recordada Lucy Smith un apelativo desde el inicio: la cancionista de bolsillo.
La noche del asfalto
Cuesta encarar nuevamente la trágica muerte de Lucy Smith, ocurrida en la madrugada del primero de enero de 1950, ahora que tenemos en mente la tierna imagen de su debut.“El día que me quieras endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida, no existirá el dolor”. Y sin embargo la noche del final solamente le aguardaban el dolor del desamor y el dolor del asfalto. Al final, el rigor inexorable de la muerte.
Recapitulemos. Doce años después del debut, Lucy además de cantar se había apoderado de la audiencia radial con su programa de concursos que se emitía el fin de semana. “Mimada por sus camaradas y aclamada por el público”, así dice una crónica de época, Lucy Smith llegó a ser la directora de su propia empresa productora, Radioteatros Smith, y representaba la columna vertebral del gran éxito de Radio Central.
Poco antes del mediodía del 31 de diciembre Lucy había brindado con sus empleados en la Radio. Había ofrecido un brindis lleno de vida, un brindis impropio de cualquier supuesta suicida, un brindis optimista. Y cómo no si se venían los cincuentas, si llegaba la década de la radio y Lucy y los suyos se preparaban para consolidar su triunfo.
La medianoche, y con ella la brevísima nueva década, la recibió Lucy Smith, ya en compañía de su novio Carlos Dennis Espinoza y en casa de sus padres, cuadra dos del jirón Leticia. Tras los abrazos, los últimos abrazos entre Lucy y sus padres, la parejita enrumbó al muy selecto Country Club. Era 1950, era la Lima descrita por el joven Alfredo Bryce, la de Un mundo para Julius, y en esa Lima de blanco y negro Lucy linda y Carlos Dennis perfecto se preparaban al baile y llegaban radiantes.
El primer calor del verano, la frescura campestre que sesenta años atrás ofrecían el Country y el campo de golf, acaso el olor de los cohetecillos reventado despidiendo el Año Viejo, las notas musicales de la mejor orquesta del momento todo, en suma, contribuía a generar ese aire de grandeza, ese perfil glamoroso de esta versión ancestral de Chollywood, en la cual desfilaban taxis de color oscuro, porteros de perfil serio y fotógrafos que aguardaban el momento para disparar.
Para cuando los flashes se encendieron el rostro de Lucy, cuyas fotos nunca fueron entregadas a la policía ni a los familiares, llevaba ya estampada la marca de la muerte. Faltaban muy poco más de dos horas para que todo ese escenario de ensueño sirviera de escenografía a una de las muertes más absurdas y lloradas. Gracias por la atención. Esta historia continuará muy pronto.
El manto de la Colla y el estandarte de Pizarro: fragmentos íntimos de peruanidad
| 20 abril, 2012 | Publicado en Todas |
Alma de archivo. Es casi todo lo que a veces se necesita. Acudí a ese gran reservorio documental que llamamos Biblioteca Nacional con un claro afán y, una vez más, la liebre saltó por donde uno menos lo pensaba. Con el colega Marco Paredes me entiendo a veces con una simple mirada. Estaba claro. Había que publicar un nuevo post para mantener a la feligresía. Pero, ¿qué tema?
- Creo que le damos al Titanic, Marco, no basta con reproducir lo que entonces dijeron los cables.
- ¿Qué quieres hacer, Efraín?
- Me gustaría presentar aspectos cotidianos de la vida limeña en abril de 1912.
- Perfecto, cien años no pasan en vano.
Por supuesto que no, aunque permítanme rápidamente cambiar de centenario, sin salirme de ese marco virtual, abril de 1912, que me atrajo cual magneto. Linda la vida cotidiana en la Lima de 1912. Pronto podremos compartir esas imágenes y aún navegar en vapor, disfrutando los sones de una orquesta a bordo, por los puertos del norte y del sur. Lo prometo. Pero debo referir que en plena consulta de fuentes, habiendo logrado retroceder exactamente cien años, llamó mi atención el titular de una página par de la notable revista Variedades. “Reliquias históricas” rezaba.
Una cita con Clemente
Pero yo estaba tras los vapores de los puertos intermedios, tras los primeros grabados del naufragio del Titanic. Varias páginas más adelante y con el alma de archivo enardecida, decidí regresar y acudir a esa página de Variedades de 1912 signada, para más inri, con el número 602. Desde ese instante estamos en condiciones de acreditar (en verdad, recordar) la existencia de un estandarte de Francisco Pizarro y una manta perteneciente a una de las mujeres de Atahualpa.
Sin duda son objetos valiosísimos y corresponde agradecerle a Clemente Palma, hombre de tinta y papel, y cederle la palabra. Ofrecemos a nuestros lectores, dice, la reproducción fotográfica de dos reliquias históricas que se conservan en el Museo Nacional de Bogotá. Una de ellas es la fotografía del Estandarte de Pizarro que fue obsequiado a Bolívar durante su permanencia en Lima y que él llevó a Colombia” Ni más ni menos.
¿Y la otra fotografía? Con ustedes, nuevamente Clemente Palma.”La otra representa el manto de la mujer de Atahualpa”. Tal cual. ¿Algo más que agregar don Clemente? “La importancia de tales reliquias es incuestionable y entre las curiosidades históricas que pueda haber en el Museo de Bogotá seguramente estas deben ser las más significativas y mejores”.
Avisa a los compañeros
El historiador no es el que sabe, el historiador es el que busca. Eso y mucho más aprendí de Franklin Pease, de manera que opté de inmediato por buscar a los colegas más cercanos. Todos ellos alumnos de Franklin como el que escribe. Recién ahora reparo en ello y lo invito lector con más gusto a recorrer ángulos insospechados, y felizmente incompletos todavía, de una historia vital y con aroma centenario.
En primer lugar tengamos presente el trabajo de José Machado, publicado en 1924 por la Academia de Historia de Venezuela y Colombia. He podido consultarlo directamente y está claro que se trata de un estandarte que se encuentra en custodia en la Municipalidad de Caracas. La posibilidad de que estemos hablando de dos estandartes de Pizarro no es nueva. Ricardo Palma, padre de Clemente, había advertido mucho antes de la existencia de otro estandarte de Pizarro, entregado por la Municipalidad de Lima a San Martín. Anteriormente ese estandarte había estado en la casa hacienda, cercana a Chincha, de una personalidad bastante adicta al rey.
Si el que llamaremos estandarte conocido se encuentra en la Municipalidad de Caracas, ¿es posible que este otro estandarte de Pizarro entregado a San Martín sea el que hoy reposa en la ciudad de Santa Fe de Bogotá? No. La nota de ingreso al Museo de Bogotá de la manta de la Colla y el Estandarte de Pizarro (publicada con ilustraciones en el blog de Juan Luis Orrego) se acompañó de una nota firmada por Sucre en La Paz en 1925 y sabemos que en fecha harto posterior don José de San Martín seguía en posesión del estandarte a él entregado, al que hace referencia en su testamento.
¿Un estandarte, dos estandartes, tres estandartes?
Repasemos. Hasta ahora teníamos conciencia plena del estandarte de Pizarro que se encuentra en la Municipalidad de Caracas, supuestamente empleado por Pizarro al entrar al Cusco, y del estandarte de Pizarro que se obsequió a José de San Martín y que habría sido empleado en la fundación de Lima. Ahora tenemos un tercero y nos aguarda en Bogotá.
Pero antes veamos qué fue del estandarte que se obsequió a San Martín. El político y escritor argentino Florencio Varela visitó en Europa al ya anciano general San Martín y nos deja una viva descripción del estandarte y las emociones que despertaba. Quién sino San Martín podía tener el símbolo del vencido, reflexionaba Varela mientras describía un estandarte ya casi consumido por el tiempo.
Fallecido San Martín, su cuerpo fue subido a una carroza en Bologne, envuelto en dicho estandarte el cual fue luego entregado al embajador peruano en París. Eran tiempos del presidente Pezet y el estandarte fue exhibido en uno de los salones del Ministerio de Relaciones Exteriores. Allí lo vio Ricardo Palma y lo describe con una riqueza de detalle reveladora de una notable restauración. Pero es el mismo. Varela y Palma coinciden en que esa es la bandera que sacaba el alférez real en nombre del Consejo Municipal y hasta tenía la relación de alféreces reales.
La reconstrucción de dicho estandarte fue fugaz, como efímera es la estabilidad política entre nosotros. A 6 de noviembre de 1865 cayó Pezet, bajo la sombra de haberse entendido con las naves españolas que miraban Chincha con codicia. La turba victoriosa saqueó la dependencia pública y, dando voces contra España y el entreguismo de Pezet, desapareció el entonces aborrecible estandarte. La historia va, la historia viene.
Respetuosa aclaración a Caracas
El estandarte de Caracas también fue maltratado en una coyuntura de tensión social, 1826, pero luego fue debidamente encofrado y preservado. Interesa señalar que quienes afirman que ese estandarte se empleó en el ingreso de Pizarro al Cusco han apoyado su afirmación en solamente un argumento: la presencia en dicho estandarte de Santiago Apóstol.
Es hora de rectificar conceptos pues la ciencia histórica no avanza en vano. Hoy sabemos que efectivamente hubo testimonio en crónicas de la aparición de Santiago Apóstol ayudando a los barbudos. Pero eso fue durante la rebelión de Manco Inca, o sea en 1536, esto es tres largos años después del ingreso de Pizarro al Cuzco.
Hoy sabemos que no hubo combate en Cajamarca y que los españoles entraron al Cusco a galope tendido y sin mayor resistencia, apuradísimos por apagar cuanto antes los incendios que habían levantado el quiteño Quisquis y los suyos… antes de huir hacia el norte.
Era 1533, Pizarro ya había entrado al Cusco y faltaban tres años todavía para que en el imaginario apareciera la figura de Santiago Apóstol apoyando en combate a los brabudos. El estandarte de Caracas, con su Santiago Apóstol, admitámoslo, no puede haber sido empleado por Pizarro al entrar al Cusco, pues para entonces faltaban años para la supuesta aparición combativa del apóstol en la enseña representado.
Los inquilinos de Bogotá
Bien. Hemos despejado el camino para poder concentrarnos en el estandarte de Pizarro que se encuentra, hasta hoy, en el museo bogotano. Guillermo Cock, a quien consulté por ser el único colega con ejecutoria en arqueología colonial expresó, pasada la sorpresa, la necesidad de someter esa pieza al análisis exhaustivo a fin de determinar su antigüedad.
Recién entonces estaremos en un mejor pie para plantear, si se considerase conveniente, la repatriación de las piezas. Atención que el Estandarte tiene sus bemoles emocionales, pues finalmente fue de Pizarro y ello mueve sangres profundas. Pero también tenemos, vaya bendición, el manto de la Colla que, dicho sea de paso, es de las más bellas piezas que he podido ver.
Para Amalia Castelli, de la Organización de Estados Iberoamericanos las disposiciones de la Unesco abren un camino a la repatriación si así se considerase. Para Rafael Varón, el especialista en Pizarro más metido de nuestro tiempo y actual viceministro de Cultura, hay que someter las piezas a la debida evaluación y entiendo que él mismo velará por ello. “La ficha clasificatoria del Museo de Bogotá data el Estandarte como ´circa 1529´, Rafael”, le digo a cierre. El doctor Varón replica. “Puede ser porque ingresó como estandarte de Pizarro, no creo que la hayan sometido a pruebas modernas de datación”
Muy bien. Empecemos por ahí pero más temprano que tarde espero que las dos piezas que han estado alojadas por dos siglos en la capital colombiana (gracias, vecinos de Santa Fe de Bogotá) puedan estar nuevamente con nosotros. Sobre todo el manto de la Colla, ese tejido maternal que consuela el alma de los errantes del tiempo. Gracias por la atención y paren de sufrir (si sufren): el manto de la colla volverá a arrullarnos.
¿Cómo murió Lucy Smith? una estrella en las alas del misterio
| 5 abril, 2012 | Publicado en Todas |
El pasado se mira siempre con ojos del presente. Un acontecimiento de hoy, la trágica muerte del saxofonista Álvaro García (director musical de la orquesta Nsamble), abre de pronto un umbral que ilumina el pasado. Y lo ilumina por mucho que hayamos pretendido olvidarlo. Aterrizo. Cuando el mundo Google se agota, es usual que algunos colegas acudan a la memoria de las canas.
- Efra, ¿aparte de la muñequita Sally sabes de algún otro artista que haya fallecido trágicamente?
- ¿En el Perú?
- Sí en el Perú
- ¿Lucy Smith, sin duda.
- ¿Quién?
- Qué, ¿no sabes quien fue Lucy Smith, Sue?
- No tengo idea
Con tristeza y dolor, al ver el olvido de la estrella de la radio que en vida se llamó Lucy Smith, decidí ascender en la escala demográfica y buscar una generación intermedia.
- Amelia, una consultita: ¿tú sabes quién fue Lucy Smith?
- El personaje de un vals, pero no me pidas más
Fue ahí que sentí la urgente necesidad de rescatar viejos apuntes, actualizarlos en el archivo y compartir con ustedes una mirada a este personaje singular, mujer de voz precoz que luego destacó en la conducción radial y floreció, de manera brillante y masiva, en el añejo género del radioteatro. Hasta que una noche de Año Nuevo, en las primerísimas horas de 1950, su vida se apagó y desde entonces, como reza el valse, “en el cielo hay una estrella, una estrella muy hermosa que en la tierra deja seres que no cesan de llorar”.
Detrás de la leyenda
Lucy Smith Ariñez, vinculada a conocidas familias de Bolivia y el Perú, era hija de Eduardo Smith y de María Aríñez. Con apenas doce añitos, Lucy cantó por primera vez en la radio. Su timbre de voz impactó desde un inicio y, bajo la tutela musical del maestro Lorenzo Humberto Sotomayor, interpretó tangos y canciones de moda. Nunca grabó, pero quienes la escucharon afirmaron luego que su timbre se parecía al de Libertad Lamarque, una cantante argentina posterior.
La fama de Lucy Smith cobró dimensiones notables cuando desde los estudios de Radio Central, la casa radial de sus éxitos, conducía cada fin de semana un programa radial de música, concursos y variedades. Demás está decir que era en vivo pues no había otra modalidad. Cada fin de semana Lucy Smith estaba en los hogares de todos los peruanos y todos la sentían parte de la familia. Esa era la magia, la misteriosa gama que baña a los reyes de la fama. Lucy Smith, Augusto Ferrando, Gisela Valcárcel. Por ejemplo.
Pero primero que todos, ahora y siempre, Lucy Smith. Hija de su tiempo. Lucy Smith incursionó en las radionovelas, ese mundo mágico de historias y personajes capaces de cautivar la atención de miles y miles de hogares, con amplios elencos familiares agrupados de cara a un antiguo receptor radial que entre amago de corte y fluctuación de onda sonora unían, de una, los sueños de todos los peruanos. Fue así que Lucy Smith llegó a lo más alto de la fama, una estrella sin par en ese firmamento virtual que alimentan los medios electrónicos.
Pero, ¿qué dice la historia oficial, esa que ha permitido tejer un manto de engaño y olvido? Dice que la noche de Año Nuevo, Lucy perdió la vida en un trágico incidente. Estaba celebrando la llegada de 1950 en el Country Club en compañía de su novio, Carlos Dennis Espinoza, y de pronto ambos abandonaron la reunión en plena madrugada. Discutieron de manera visible y abordaron un taxi. A la altura de la calle Marconi Lucy cayó a tierra y falleció horas después. No había cumplido aún los 25 años.
Para ahorrar palabras, diré que las investigaciones llegaron rápidamente a la conclusión de una muerte accidental, fruto del maldito azar. La manivela del taxi no habría estado bien cerrada y Lucy, acaso algo descontrolada, habría caído de manera accidental. Es algo poco creíble pues el taxi lo tomaron en la puerta del Country y Lucy cayó cuadras después y sin previa maniobra brusca del vehículo, según testimonio del chofer del vehículo de apellidos Limachi Morales.
Luego se argumentó que Lucy se había suicidado, esto es, se habría arrojado del auto en plena marcha. Nadie pudo aportar un móvil verosímil para el suicidio pero finalmente esa versión oficial terminó ganándoles a todos, mientras el tema desaparecía precoz y misteriosamente de las páginas de los diarios.´
Mujer de trabajo
Pero no para siempre. En primer lugar Lucy Smith no era una suerte de diva algo distraída y capaz de caerse, simplemente caerse de un taxi por estar una puerta mal cerrada. Un poco más y la hacen enredar con su pañuelo en las llantas de un Bugatti, como había ocurrido años atrás con la recordada Isadora Duncan.
No, reitero. Lucy no era una diva distraída, casquivana o inestable. Sépase de una buena vez que la señorita Lucy Smith era la directora de su propia compañía de radioteatro, llamada Radioteatro Smith. Era, en consecuencia, forjadora de su destino. Una verdadera mujer de trabajo, una precursora en un país con manifiesta ejecutoria feminista, una mujer hecha y derecha que debería haber sido hace tiempo rescatada del olvido.
Dirigía su propia empresa y los demás artistas, empezando por Roberto Salinas el coprotagonista de su última novela, eran en verdad sus empleados. Es más. Al mediodía del sábado 31 de marzo de 1949, horas antes de morir, Lucy acudió a los estudios de Radio Central donde brindó por el Año Nuevo con sus empleados del Radioteatro Smith. Dicen que fue un brindis emotivo y muy optimista pues llegaban los cincuentas, llamados a ser los años dorados de la radio. Y vaya, sí lo serían.
Pero, no para Lucy. Para ella el abuso, para ella el pavimento, la frialdad de una sala de emergencia donde fue dejada como nn hasta que el padre la encontró, horas después del accidente, y la llevó a la clínica Maison de Sante, en vano intento por recuperar a Lucy, quien aparentemente ya había emprendido raudo vuelo en las alas del misterio.
El liderazgo laboral de Lucy Smith no concuerda con el supuesto perfil de una diva voluble, una calabacita emocionalmente inestable y capaz, en un raptó, de arrojarse de un vehículo en marcha.
¿Y dónde queda la hipótesis del suicidio frente al brindis optimista y lleno de esperanza para ella y para todos sus empleados con el advenimiento de los mejores tiempos imaginables para la radio?
Entonces ¿la mataron nomás? ¿Es cierto que hubo más personas de por medio? ¿Qué verdad tan cruda descubrió Lucy esa noche? ¿Puede esa verdad haber sido tan cruda como para no permitirle a Lucy Smith vivir para contarla? ¿Es cierto que hubo en efecto, un tercer hombre detenido luego en la comisaría de Orrantia? ¿Será cierto que también hubo un fotógrafo implicado y detenido, y hasta un espigado portero del Country Club, de color serio y espigada estampa, que aseguraba haberlo visto todo y al que nadie se dignó llamar a declarar, al momentos de las así llamadas investigaciones? Gracias por la atención. Como ya se habrá dado cuenta, esta historia continuará.
El partido más largo del siglo: Perú Paraguay en 1953
| 26 marzo, 2012 | Publicado en Todas |
Bienvenidos al encuentro más extraño y peleado de la Copa América 1953. Peruanos y paraguayos escribieron una página épica de este historial la brumosa noche de un 8 de marzo de 11053, cuando el Perú respiraba bajo el dictado del general Manuel Odría.

(Estadio Nacional por primera vez iluminado)
El conjunto paraguayo tenía a Adolfo Riquelme en los tres maderos, Maciel, Cabrera y Hermosilla eran los recios zagueros del cuadro guaraní. Leguizamón y Gavilán formaban el medio campo. El cotizado Leguizamón era el patrón del medio campo y los creativos, Lopez por derecha y Romero por izquierda. Berni salía como puntero derecho, Fernández como centro delantero y Gómez como wing izquierdo.

En el arco Sur se cuadraba Rafael Asca. Por entre humos que no se sabía si eran de bombardas o pura niebla veraniega se podía ver a la defensa habitual, con Allen, Delgado y Calderón En el medio terreno Villamares, en gran momento, acompañaba a Cornelio Heredia. La verdadera novedad era la inclusión por fin del Gringo Terry, aunque lo habían puesto de centro delantero, seguramente para no modificar un sistema en el que Tito por derecha y Barbadillo por izquierda eran las salidas naturales. Adelante Lucho Navarrete por derecha y Huaqui Gómez Sánchez por izquierda completaban la oncena bicolor
Sueño de una noche de verano
A los 7 minutos se produjo la primer exclamación de júbilo. Terry logró escaparse peligrosamente por el centro y el grandazo Maciel apeló a una infracción al borde mismo del área. Pero Tito desvió el tiro libre.
Maciel había samaqueado a Terry y la banca, previsora, le aconsejó retroceder mientras Tito ocupaba de momento su puesto en la ofensiva. Para qué. A los 15, el fortachón Gavilán sorprendió al polluelo Terry y le aplicó un soberano cabezazo en la nuca. Luego Huaqui Gómez Sánchez con 17 años entró en acción. Midió el centro hacia atrás para encontrarse con un Villamares totalmente adelantado que puso a prueba al meta Adolfo Riquelme, gran figura de esa Copa América.
A los 18 minutos una mano de Delgado, a tres metros del área congeló las almas. El miedo empezó a extenderse en las graderías al ver a Berni tomar carrera, pero felizmente el balón salió muy alto. Y con el marco delirante de la afición limeña disfrutando su novísima luz artificial, ambos cuadros ponían esmero en cada acción honrando una longeva tradición de amor y respeto por la Copa América.
Inflar la red rival
El reloj de la felicidad marcaba el minuto 22 cuando el Perú se sacudió de toda frustración y por primera vez ese fútbol peruano afloró en su dimensión de gol. Tito Drago, cerebral, puso en juego a Navarrete que tras una estupenda corrida alcanzó a sacar buen centro. Terry en inteligente jugada engañó a los adversarios con un movimiento de cuerpo para inmediatamente rematar con un cañonazo a media altura que dejó sin opción al arquero paraguayo. El público rompió en una delirante ovación.

El propio Terry habría de pedir, declarando camino a camarines, que no se fueran a ofender los espectadores pero que en su opinión el engaño había sido tan certero que la bola ya estaba en el arco y parte de la gente no se había dado cuenta todavía de que era gol. Poses de goleador sin duda, porque décadas después Alberto Terry no tuvo reparo en reconocer que él mismo no se acordaba del gol, que claro que lo vivió pero ese golpe de Gavilán lo había hecho perder la memoria y que incluso en el camarín le preguntaba a Tito quién había hecho el gol. Igual, a la hora de la hora, el Gringo había gritado su gol junto a todo el Perú.
La presión de la ofensiva prosiguió hasta que se produjo un lamentable accidente, Adolfo Riquelme, el arquero sensación que había llegado invicto al golazo de Terry, chocó con Lucho Navarrete y quedó seriamente sentido. No pudo seguir Riquelme y salió entre aplausos. Se cumplía la media hora de juego cuando ingresó al campo Noceda, el arquero suplente a quien sus compañeros apodaban pollerita porque enamoraba a todas en el Hotel Mauri.
El partido seguía encendido. A lo 33 minutos el bravo Maciel trabó malamente a Barbadillo sin que el árbitro Maddison cobrase nada. A los 40 minutos Gómes puntero izquierdo de Paraguay logró vulnerar la valla de Asca, aunque el juez cobró posición adelantada. Pero el gol de ellos se venía. El aleonado equipo bicolor que había vulnerado la valla paraguaya cedía posiciones agobiado por el cansancio. Después de sucesivas fallas de Joe Calderón, Cornelio Heredia y Guillermo Delgado el centro delantero guaraní Rubén Fernández consiguió marcar el empate a los 43, sin lucimiento pero de manera contundente.
Un segundo tiempo para la historia
Reyes ingresó a pilotear el quinteto ofensivo y salió Huaqui. A los 4, Tito se fue por la derecha aprovechando que su compadre Toto jalaba las marcas y Reyes distraía a los centrales. Casi desde la altura del banderín derecho y viendo desubicado al meta Noceda, Tito Drago sacó un bello remate, de esos que dan la impresión de salir y luego buscan el arco contrario con veneno. Apenas unos centímetros evitaron la caída de la valla paraguaya
A los 15, Terry tirado a la izquierda sacó preciso centro a Reyes pero la demora del receptor permitió. la recuperación de Noceda. Los ataques se hacían más espaciados. Paraguay volvió a realizar otro cambio, salió Hermosilla e ingresó Olmedo.
El trajín era intenso y resultaba preciso mover las fichas de recambio. A los 20 Barbadillo quedó sentido y Bassa ocupó su lugar. Y luego Terry se quedó sin fuerza y tuvo que ser reemplazado por Gilberto Torres. Cuando se cumplían los 32 minutos de un segundo tiempo más trabado y sin cuartel el Gringo abandonaba el campo. Años después reconoció ante un servidor que no recordaba nada después del golpe en la nuca que le aplicó Gavilán. “Incluso en el segundo tiempo salimos del camarín y yo me fui de frente a la banca.
Tito me insistía para entrar al campo y yo le gritaba que no, que a mí me habían cambiado. Casi nos vamos a las manos, imagínate. La gente no entendía nada”.
Por fin otro gol peruano
Entonces se cobró un tiro libre y el que se perfiló fue Villamares que andaba bien. Y dicen que la mandó con toda la precisión imaginable y que todo fue un solo movimiento. El ingresar la bola en un extremo alto del arco del meta Noceda, explotar las tribunas en un incontenible grito de júbilo y verse de pronto a Toto Terry salir nuevamente del camarín, arrastrando sus dolencias para intentar abrazarse con sus compañeros de gloria.
Corrían los 34 minutos de la complementaria cuando se reinició el partido y se notaba en los paraguayos la disposición de atacar desesperadamente. Delgado fue fauleado pero el jugo continuó. El balón iba, el balón venía. Ya nadie jugaba, todo se había vuelto una lucha intensa.
A los 37, le dieron con todo a Joe Calderón y el sustituto Bassa intentó castigar al agresor siendo contenido por todos. La niebla dio paso a una trifulca generalizada. Los paraguayos perdieron los papeles y mientras se atendía a Calderón, Ayala pateó al árbitro. Se produjo la reacción violenta de todos.
El árbitro inglés Mr. Maddison amenazó con terminar el cotejo, los paraguayos abrazaron a los peruanos e intentaron retirarse. En tanto en el centro del campo todos mandaban y nadie hacía entrar en razón a nadie. Pero había una realidad: los paraguayos se negaron a jugar y los peruanos se marcharon a su camarín a festejar el triunfo. Incluso muchos se bañaron, aparte que consumieron buena cantidad de bebidas refrescantes celebrando un triunfo por 2 a 1 sobre el Paraguay.
Pesadilla en el tercer tiempo
Y de pronto ocurrió lo que nadie hubiera soñado. El señor Ricardo Valdivia, delegado del equipo peruano, obligó a nuestra oncena a salir y reiniciar el match que ya reglamentariamente había concluido. Los mismos dirigentes paraguayos dirían al día siguiente en su alegato, que qué querían, si el propio público peruano ejercía presión para que el equipo volviese al campo y el partido se reanud. La multitud era un elemento adicional que obligaba al retorno al césped pues no hacía más que exigir la reanudación, acompañando con las palmas el grito de «¡otro gol, otro gol!»
Increíble. Faltaba apenas media hora para la una de la madrugada y el partido lejos de haber concluido volvía a reanudarse contra toda previsión. Eran solamente ocho los minutos que faltaban y la tribuna, privada de la fiesta cuando más la disfrutaba, saludó el retorno del partido, esperando disfrutar «¡otro gol, otro gol!» Y lo coreaba con la certidumbre propia de los antiguos romanos, seguros de que los leones se comerían a los antiguos cristianos
Pero no. A los 5 de ese inédito tercer tiempo una lamentable falla de Asca fue aprovechada por Berni que remató y nos condenó al empate sumiéndonos a todos en la bruma de una inolvidable noche de marzo, cuya verdadera clave no se puede entender hasta el final.
Ocurre que el acompasado grito y aplauso que en cualquier estadio de habla hispana solía acompañar las exclamaciones de «¡otro gol, otro gol!»… se parece compás por compás a la así llamada maquinita aprista: “¡Haya sí otro no!”. Se parecía, digo, al modo de aplaudir acompasado y prohibido de las multitudes apristas, las multitudes proscritas que esa noche y tras el golazo de Villamares le hacían saber al general Odria que existían, que estaban allí y que el Apra nunca muere compañeros.

Jugadores ganaron el partido, dirigentes incapaces lo empataron. Ese era el tenor de la prensa hasta que alguien se acordó de la lesión del arquero Riquelme. En aquella época el cambio de arquero era un cambio más, con lo cual Paraguay perdió los puntos por haber hecho cuatro modificaciones. Odría, el general de la alegría, había al mismo tiempo evitado un mitin aprista y un penoso empate que, en bicolor alquimia, trocó en triunfo peruano el desenlace del partido más largo del siglo XX. Vivazo el general. Gracias por la atención.
Constitución de Cádiz, voto indígena y ejercicio ciudadano
| 19 marzo, 2012 | Publicado en Todas |

Constitución de Cádiz, voto indígena y ejercicio ciudadano
Escribo un lunes por la mañana, día de san José. El calendario indica que corre el 19 de marzo de 2012. La Constitución de Cádiz cumple exactamente doscientos años de su promulgación y el alma se queda congelada atisbando desde el presente el umbral de la historia. Aludo a un umbral de integración que se abrió en 1812 y que aún no hemos tenido el valor de cruzar. Si el Zorzal Criollo sostuvo con razón la posibilidad de pensar que veinte años es nada, el contenido, acaso no bien calibrado, de la Constitución de Cádiz me lleva a sostener que dos siglos no es nada. Nada.
Ejercicio ciudadano moderno
No voy a aburrir señalando las ventajas de delimitar el poder absoluto, solo me limitaré a subrayar que esa Constitución se promulgó, juró e implementó durante el gobierno del virrey Abascal. Y a quienes han sostenido recientemente que esa Constitución no se aplicó en el Perú hay que darles por cierto que los diputados del virreinato de Perú llegaron a Cádiz tarde y su elección no tuvo ninguna aplicación práctica. Pero, atención esa misma Constitución que hoy recordamos, decretó las primeras elecciones generales en el Perú y estas fueron absolutamente modernas y permitieron la instalación de las Juntas de gobernación.
Particularmente, destacan las elecciones del Cusco, donde la autoridad máxima era don Mateo Pumacahua, indio por los cuatro costados, y donde se eligieron, en base a fino criterio demográfico, tres representantes por Puno y tres por Cusco para instalar la Junta de Gobierno del Cusco. Todo ello con el voto indígena y modernos padrones electorales, propios de un estado fiscal, esto es acostumbrado por siglos a llevar un padrón actualizado de tributarios.
Ojo, la Junta se instaló y gobernó por siete meses. Su fin solamente lo decretó el giro siniestro del rey Fernando que al recuperar la libertad mató a la Constitución liberal, a la cual en adelante solamente podía hacerse referencia aludiendo a su santo y llamándola hasta hoy “la Pepa.”
Agenda liberal de un absolutista
Un excelente libro del colega peruano Víctor Peralta (En defensa de la autoridad. Política y cultura bajo el gobierno de virrey Abascal 1806 – 1816) ha iluminado muy bien la construcción de un espacio político moderno bajo la normativa del liberalismo constitucional español. Indiano, sanmarquino afincado en Madrid, Peralta ha permitido abrir los ojos respecto a la paradoja que representa el intermedio liberal que vivimos los peruanos precisamente bajo la conducción del más absolutista de los virreyes don Fernando de Abascal.
¿Dónde reside la paradoja? Usando terminología política coloquial, la paradoja reside en que al más absolutista de los virreyes los “caviares” de Cádiz” le impusieron un Congreso, eso eran las llamadas Cortes de Cádiz, y una serie de gobiernos regionales, eso eran las Juntas de Gobierno.
Durante el interregno liberal de, 1808 a 1814, el Perú absolutista experimentó una crisis de autoridad que tuvo que afrontar el eficiente virrey Fernando de Abascal. El indiscutido deseo de Abascal de salvaguardar la continuidad absolutista se estrellaba con disposiciones que consagraban, por ejemplo, la libertad de imprenta. ¿Libertad de imprenta en al Antiguo Régimen? Sí. Había que combatir a Napoleón, la prensa europea que lo combatía tenía que circular en el Perú o ser, en casos, reimpresa.
La aplicación de la Constitución de 1812 permitió la erradicación de la institución inquisitorial, con no poco revuelo. Dense cuenta, por favor. Aludimos al incendio y saqueo de la Santa Inquisición ocurrido en 1813. Qué cinco de febrero, qué agitación urbana ni niño muerto. El símbolo del poder, el Santo Oficio, ardiendo en llamas y el pueblo celebrando en carrusel, con el virrey más tranquilo que Nerón ante Roma en llamas. Vaya escena. Y sin embargo ese hecho como tantos otros, cumplirá doscientos años en el olvido. En fin. Mejor no me amargo y remato bien.
Espacios para una nueva cultura política
Puede sorprender la importancia del café como nuevo espacio público pero un estupendo artículo del Mercurio Peruano nos hace palpitar a son de urbe liberal. El café, recinto habitual de cualquier esquina urbana de hoy, tiene entre nosotros una antigüedad mayor de la que uno cree. Era apenas 1771 y con la venia del Virrey Amat el primer café se instaló en la calle de Santo Domingo y estuvo a cargo de Francisco Serio. Al año siguiente nació la competencia con otro café, en la calle de la Merced, llamado el Café de Fransisquín. Luego vino el café de Plumereros, cerca de San Agustín. El mercado se movía. Francisco Serio traspasó el suyo y abrió un nuevo café en la Calle de las Animas. Y luego lo volvió a traspasar para abrir uno en Bodegones. Luego vino el café Lato, conocido como Café del Puente, y uno más se abrió en calle del Rastro.
Espacio de la tertulia, el café fue luego el escenario ciudadano donde los diarios de Lima y Europa, se leían a viva voz, predicando lealtad al rey Fernando y atizando la lucha contra la peste napoleónica. El circuito del café resultó vital para difundir las renovadoras normas de las Cortes de Cádiz y desde ya tenía de por sí un tono igualitario. ¿Por qué? Porque el café era otro reino. Así entrase a un café el más noble conde o marqués, nadie se pondría de pie. Un café, un inocente café… abría espacios igualitarios con aroma de libertad. Y todo al son de la Pepa.
El incremento de las librerías en la segunda mitad del siglo XVIII fue otra prueba de la innovación del espacio lector limeño. Impresos como los almanaques y guìas de forasteros se encontraban en las boticas y en los cajones de Ribera, al costadito del Cabildo. En 1763 se estableció la primera librería especializada de Lima situada en la Calle de Palacio y en paralelo frai Diego Cisneros abrió un establecimiento conocido como la librería del padre Jerónimo. También se encontraba libros de Europa en la nueva librería que Guillermo del Río abrió en 1798, también en la Calle de Palacio o la del Espíritu Santo que coincidió con el fin de siglo. En las bibliotecas particulares del cosmógrafo Cosme Bueno y el oidor Echeveriz, con más de mil volúmenes cada una, no se halló ninguna obra política censurada. Y aunque oficialmente había censura, en Lima se podía leer o escuchar lo último de la prensa y literatura.
Elecciones populares en el Cusco colonial
De raigambre absolutista pero leal al rey, Fernando de Abascal demoró la aplicación de la Constitución pero permitió la elección de representantes locales a través de elecciones populares. A lo mejor el Perú igualitario que queremos no desciende tanto de la espada de San Martín o de la de Bolívar, cuanto de estas elecciones populares curiosamente llevadas adelante por el más conservador de los Virreyes
En el Perú las elecciones de Ayuntamientos Constitucionales y representantes a la Diputación Provincial se dieron casi sin interrupciones tras jurarse la Constitución de 1812. La insurrección del Alto Perú desvió a Goyeneche y cuando llegó el momento de las elecciones de diputados el cargo de gobernador intendente interino del Cusco había recaído en la figura de Mateo Pumacahua. La propia juramentación de la Constitución enfrentó a la Audiencia y Pumacahua con los constitucionalistas, liderados por Rafael Ramírez de Arellano y Manuel de Borja
Las elecciones fueron tan “modernas” que en su vísperas la audiencia decidió entrar a tallar y Pumacahua ordenó la detención de Rafael Ramírez de Arellano y Manuel de Borja. Pero la historia se reescribió. Don Mateo Pumacahua, indio noble y máxima autoridad político militar de ese Cusco colonial, se encontraba en el patio de la Merced, a punto de emitir su propio voto, cuando los electores lo interrumpieron a viva voz. La multitud se dirigió hacia el cuartel donde estaban recluidos y no paró hasta obtener la libertad de los detenidos. Ya liberados, ambos pudieron votar, los constitucionalistas ganaron cuatro de las cinco vacantes… pero lo importante es conocer cómo la historia de elecciones populares se forjó mucho antes de la llegada de San Martín o Bolívar. Por último, el término “constitucionalismo” quedo impreso en el alma colectiva del Perú profundo y no me parece casual que el partido del Mariscal Cáceres, el único líder que movilizó de manera monolítica la población quechua hablante, se haya llamado precisamente partido constitucionalista. Gracias por la atención… y que viva la Pepa.
“Indios contra indios en la conquista”
| 11 marzo, 2012 | Publicado en Todas |
Piensa bien que en el fondo de la fosa, llevaremos la misma sepultura. Es todo lo que importa. Esta historia empezó hace siglos, tiene mucho que ver con nuestra fibra de largo aliento y toca el nervio de nuestro actual tejido social. Cubiertas por el manto del misterio, centenares de momias aguardaban medio milenio (y más) el momento de sorprendernos con la flor de su secreto, el momento de acercarnos a una imagen más reconocible de nosotros mismos.
Toquemos tierra. Hacia finales de 1999 el milenio llegaba a su destino en medio de profecías, salpicado de dudas, sismos, erupciones volcánicas y oleadas de objetos voladores no identificados que parecían anunciar el fin de los tiempos. Entretanto, en el arenal de Ate, cuerpos y cuerpos empezaron a emerger para asombro del equipo de arqueólogos liderado por mi estimado amigo Guillermo Cock.
Excepcional. Cerca de 1200 cuerpos de diferentes regiones, enterrados de acuerdo a una lógica geográfica y social que prometo explorar con ustedes otro día. En grueso, estamos hablando de la Lima prehispánica, pero más precisamente de Lima bajo la tutela del paraguas incaico representado, también, en el cementerio de Puruchuco. El hallazgo estaba densamente revestido con muestras de poder y señorío, incluyendo grandes talleres textiles y otros detalles de la vida cotidiana que puedan reflejarse en el ornamento fúnebre, aquello que no puede faltarle a uno en la otra vida.
Y entonces aparecieron “los Telas”
El ojo educado de los arqueólogos pudo notar, ya en 2004, una diferencia de coloración en el cerro, indicador de la posible existencia de otro cementerio. Y así fue. Había en ese segundo cementerio casi medio millar de cuerpos pero en lo que toca a nuestra historia, la evidencia más importante la guardaban algo menos de cien fardos funerarios de aspecto externo singular.
Este otro grupo de momias con un acabado rudimentario y como enterradas al paso, fue pronto calificado como “los telas”, aludiendo los arqueólogos a que por su aspecto externo eran los de menor interés o los peor presentados. Pero los “telas” terminarían por levantar el velo final del misterio.
El trabajo de los arqueólogos, contundente y sin necesidad de adjetivos, hablaba por sí solo. Allí estaban los cuerpos de gente joven y casi todos de edad similar. Todos habían muerto al mismo tiempo y luego de sufrir contusiones y traumas que solamente se pueden asociar a la guerra. Hechas las pruebas de datación, el panorama se completó. Eran indígenas muertos durante el alzamiento de 1536 y todos habían sido enterrados a paso ligero y con relativo descuido.
El análisis detallado arrojó un resultado sorprendente: por lo menos uno de los cráneos mostraba el agujero propio del impacto de un arma de fuego. De hecho estamos ante la primera evidencia arqueológica de uso de arma de fuego en las Américas, una incidencia tan temprana que coloca el pistoletazo de Ate entre los diez primeros del mundo. Para nosotros, como país, quedan duras lecciones por digerir. Tres de cada cuatro heridas mortales fueron causadas por arma indígena. La conquista fue en gran medida el resultado de un enfrentamiento de indios contra indios.
Indios contra indios
Cuesta aceptarlo pero la verdad sale a luz. La así llamada conquista fue en muchos aspectos un enfrentamiento de indios contra indios. Se conoce las escenas de temor en Lima, aumentadas cuando se supo que miles de indígenas llegaban hasta Lima al mando de Quizo Yupanqui. Pronto el cerro San Cristóbal amaneció ennegrecido por una tupida y desafiante multitud que levantó el celebrado grito: “¡A la mar barbudos!”. Pero pasaron los días, cinco o seis, sin que se cerrase el círculo indígena, porque los indios de Huaylas, que debían cerrar el cerco por el norte, simplemente apoyaron a Pizarro siguiendo las indicaciones de Ccontar Huacho: señora de Huaylas y suegra de Francisco Pizarro. Al final hubo algunas escaramuzas, pero los de Quizo Yupanqui terminaron retirándose sin dar esa gran batalla.
Solo me queda un sentimiento por ventilar. Resulta difícil mirar la imaginería de la conquista (tal y como la habíamos acuñado a fines del milenio) sin terminar afluyendo, tarde o temprano, a una imagen muy dura de aceptar. Me refiero a la imagen del Perú nuestro que somos como el resultado histórico de una violación indeseada, el resultado de la irrupción inadvertida del macho español en el horizonte vencido de la hembra indígena.
Ahora que felizmente estamos en otro siglo y en otro umbral, responda cada uno para sí la siguiente pregunta. ¿Qué resulta mejor para el tejido social de un país con medio milenio de fusión: considerarse el resultado de un violación o saberse, más bien, el resultado de un fratricidio?
Yo por mi parte me siento bastante más aliviado sabiendo que podemos concebirnos como el resultado de un fratricidio y no de una violación. De, momento me basta. Pero si volviera a perder la tranquilidad con este tema, me bastaría con conseguir la dirección de Caín para preguntarle por qué. Si cabe. A lo mejor ese antepasado leal a Pizarro me enrostra un ¡ódiame por piedad, yo te lo pido! Así, sin medida ni clemencia. A lo mejor odiarlo estaría a mi alcance pues, como ya sabemos, tan solo se odia lo querido. Es un decir pero también representa un compromiso por nutrir mejor nuestro tejido social. Gracias por la atención.
Epílogo
Hace muy poco, el 7 de marzo de 2012, se inauguró una muestra titulada “Puruchuco: La Rebelión” en el Museo de la Nación. Fue conmovedor ver nuevamente a Mochito, indígena muerto por arma indígena, ver nuevamente fragmentos óseos capaces de contarnos en detalle el drama de la conquista vista como un enfrentamiento de indios contra indios. Mochito y su martirio. Lo llamaron Mochito, los arqueólogos, porque le faltaba un dedo. Mochito y sus huesos lastimados. Fue emocionante verlo, removía la sangre. Esa misma noche, cerca de ahí, se presentó Enrique Bumbury, maño juglar contemporáneo que, sin más, se soltó una estupenda versión global de Ódiame. Y fue ahí que terminé de entender las cosas. Creo.
De pronto, como en un discurso de Quevedo, vi a una multitud de jóvenes entonar un vals criollo a todo pulmón y en flor de identidad, como si estuviéramos vivos y nunca hubiéramos muerto. Sus cabezas iluminadas, levantaban los brazos al cielo y entonaban, perdón, entonábamos eso de piensa bien que en fondo de la fosa llevaremos la misma vestidura. Y ese es el mensaje de Mochito y los suyos, desde el fondo de la fosa, con la misma vestidura que nos aguarda a todos, invitándonos a acercarnos a una verdad desnuda capaz de ayudarnos a cerrar heridas.
Permíteme, Mochito, recorrer una vez más tu martirio. A ver si un día entendemos. Y dice así. El ensañamiento en combate cuerpo a cuerpo tiende a indicar la importancia de la víctima. Siguiendo esta regla de oro, el personaje bautizado por los arqueólogos como “Mochito” debe haber sido alguien de suma importancia. Para Mochito no hubo piedad, tampoco límite. Intentó defenderse empuñando su escudo con la izquierda pero un acero certero le cercenó las falanges de los dos dedos centrales. A escudo caído, lo derribó un golpe muy fuerte en el lado izquierdo de la cara. Nada más caer, “Mochito” recibió otro impacto contundente que le fracturó por la mitad la mandíbula inferior. El pecho aplastado por un gran peso, acaso un caballo, “Mochito” fue víctima de un corte sobre la rodilla izquierda, de arriba hacia abajo, mostrando hasta hoy la mitad del hueso cortada y la otra fracturada. Como en la escena de otra pasión, una daga se alojó en sus costillas y estando ya boca abajo y reducido, una lanza le produjo tres orificios rectangulares en el cráneo.
Y ese fue el fin del querido y emblemático Mochito, aunque sus deudos alcanzaron a recoger su cuerpo lastimado para enfardelarlo a la volanda, colocar un tocado de color azul en su cabeza y depositar el cuerpo en las faldas de Puruchuco. Grande Mochito. Saluda a los tuyos y gracias por mostrarnos la vestidura común que nos aguarda y el duro camino a la verdad.
El cuerpo de Atahualpa: ¿Inca dónde estás?
| 27 febrero, 2012 | Publicado en Todas |
Las sorpresas en la historia suelen movilizar la piel de los siglos. De pronto y con resonancia verosímil llegan las nuevas del norte: restos arqueológicos ubicados en la vertiente amazónica de los andes ecuatorianos podrían albergar el cuerpo (me cuesta decir la sepultura) de Atahualpa, el último Inca.
Para empezar, no estamos ante una aventura, como el anuncio similar de años atrás que, en trasnochada representación, afirmaba haber encontrado el cuerpo de Atahualpa y junto a él… un mensaje para Alan García. Felizmente no. Ahora estamos ante una investigación hecha y derecha y auspiciada por el Instituto Francés de Estudios Andinos, IFEA, con sede en Lima.
¿De qué podemos estar seguros al día de hoy? ¿Tenemos certidumbres? Sí. Una. Y sorprendente. Malqui Machay. Así se llama el centro descubierto. Sorprende pues no es usual una presencia inca tan refinada y en tierras bajas, tierras fuera de su tradicional zona de ocupación. Ojo, lo mismo podría decirse de la ubicación de Machu Picchu, donde vivía el cuerpo del más grande Inca: Pachacútec.
Mandar después de muerto
Pero volvamos a Atahualpa y su cuerpo. ¿Por qué era tan importante el cuerpo? ¿En simple? Porque representaba el poder y permitía ejercerlo, de manera efectiva y no simbólica, después de lo que en occidente se llama muerte.
Un reciente estudio de Gabriela Ramos (“Muerte y conversión en los Andes”, coedición del IEP y del IFEA) ha revisado de manera exhaustiva las circunstancias que rodearon la muerte de Atahualpa y el destino de su cuerpo. Y lo ha hecho apoyada en testimonios de la época, pues todo estuvo acreditado, aunque el manto de los siglos haya permitido la supervivencia de zonas oscuras, entre ellas el destino del cuerpo de Atahualpa.
Atención. Nuestros antepasados indígenas percibían un nexo entre los ancestros, la naturaleza, el presente y aún el futuro. La influencia de los ancestros afectaba todos los aspectos de la actividad humana. Pero hay un elemento corpóreo único en el ritual funerario prehispánico, acuñado en las crónicas y recientemente destacado en los estudios de Sabine McCormack. La imagen de las momias, especialmente las momias de los incas, domina casi por completo la percepción que se tiene sobre el rol central del cuerpo en las costumbres funerarias prehispánicas.
Las momias incas participaban en los asuntos públicos, en función política visitaban templos y palacios. Majestuosas, las momias se lucían durante las fiestas en andas primorosas y a plaza llena. Las momias permitían a los linajes mandar después de la muerte, pues los así llamados bultos establecían, mediante sus voceros, relaciones reales y continuas con sus interlocutores de este mundo. La antropología y los estudios culturales modernos se han dado la mano con las más ancestrales crónicas y nos dejan imágenes confiables de nuestros gobernantes incas: cuerpos mandando (y divirtiéndose) después de la muerte. La vida eterna en este mundo.
Atahualpa en su laberinto
Se comprenderá, en consecuencia, que todo, absolutamente todo lo vinculado al cuerpo de Atahualpa reviste, entonces como ahora, la mayor importancia. Días tensos los del cautiverio del inca en la Cajamarca de 1532. El cronista Pedro Pizarro, un adolescente en aquellos días, nos trae detalles casi íntimos que, felizmente, han sido corroborados por otros testimonios. Pedro era sobrino de Francisco Pizarro, el único adolescente en la hueste y Atahualpa y su corte real le franquearon todas las puertas durante los meses del cautiverio.
Con énfasis, el cronista asegura que Atahualpa había mandado decir a todos los suyos que no temiesen, que mientras no quemasen su cuerpo él volvería. Y en algún sentido los hallazgos de Malqui Machay puedan representar parte de ese retorno. No lo sabemos, pero a falta de confirmación es bueno recordar que la historia del cuerpo de Atahualpa es más bien imbricada, compleja y fascinante.
Todo juicio político es sinuoso y el juicio del milenio (así lo he llamado alguna vez al juicio de Atahualpa) fue siniestro en grado extremo. Al final, el cargo no rebatible fue el de haberse acostado con sus hermanas. Pero ya no estamos para explicar desencuentros. Esa herida va por buen camino. Sí nos interesa, ahora y siempre, la historia del cuerpo.
Por cierto los estudios aurorales de Gangotena y Jijón sobre la descendencia de Atahualpa y el desvelo archivístico de Udo Oberem, editor de las demandas judiciales presentada por los hijos de Atahualpa años después de haber quedado huérfanos deben también ser tomados en cuenta. En una de esas probanzas, fechada en de 1555, declaró un conocido nuestro: el conquistador Lucas Martínez Vegazo. Decidida la suerte del inca, atado el señor de los cuatro suyos a una silla, Lucas Martínez lo oyó llorar, mientras Atahualpa encomendaba sus hijos a Pizarro y al cura Valverde.
Según este testimonio, fray Vicente de Valverde le advirtió a Atahualpa “que olvidase sus mujeres e hijos y muriese como cristiano”. Era persistente, Valverde. Según refiere Lucas Martínez, presente en la escena y por eso llamado a declarar por los hijos de Atahualpa, fray Vicente insistía en invitarlo a Atahualpa a tornarse cristiano “y que si lo quería ser que recibiese el agua del santo bautismo”. Pero el inca no cedía. Más bien, dice Lucas Martínez, “tornaba siempre con gran llanto a porfiar y encomendar sus hijos señalando con la mano el tamaño de ellos dando a entender por las señales que hacía y palabras que decía que eran pequeños y que los dejaba en Quito”.
Evitar la hoguera
Casi todo dicho. Excepto que esta historia empezaba a tomar un giro inesperado. Retornemos a la escena. Cuando cobró conciencia que ni todo el oro del mundo lo salvaría de la muerte, Atahulpa perdió el equilibrio emocional y, humano al fin, se empeñó en encomendar la suerte de sus pequeños hijos. Se sabe que el inca recuperó la compostura, se asomó solemne a confrontar su destino final, pero el ver una hoguera lista se tocó nuevamente de nervios. Pacientemente le explicaron que a los infieles se los mandaba a la hoguera. En cambio, a los cristianos se les aplicaba el garrote vil, se los asfixiaba.
Fue así, faltándole un puñado de pasos para la hoguera, que Atahualpa decidió bautizarse. Con el nombre de Juan según unas fuentes y Francisco según otras. El inca evitó la hoguera y afrontó la ejecución. Su funeral cristiano fue de cuerpo presente. A fin de cumplir la formalidad de la sentencia, que aludía a la hoguera, unos cabellos y alguna ropa del inca fueron entregados a las llamas. Pero el cuerpo mismo, que forma el centro de esta apasionante historia, fue enterrado con toda solemnidad y pompa en la flamante iglesia de Cajamarca. ¿A descansar en paz? Difícil.
Después de los funerales y apenas los españoles dejaron Cajamarca rumbo al Cusco, Cusi Yupanqui, hermano cusqueño de Atahualpa, sacó el cuerpo de la iglesia y se lo llevó a Quito con todos los honores de su dignidad. En verdad el cuerpo de Atahualpa fue desenterrado para ser sometido a las prácticas funerarias incas.
Traición en Quito
Hubo conflicto, imposible olvidarlo. Poseer el cuerpo del gobernante era la mejor manera de legitimar a su sucesor o de ganarse enemigos mortales. Rumiñahui aspiraba a heredar el poder quiteño y con falsa humildad solicitó permiso para salir a las afueras de Quito a saludar a Atahualpa. Con el pretexto del homenaje consiguió distraer a Cusi Yupanqui, que terminó asesinado por una columna de sicarios.
Tras ese crimen y con el cuerpo de Atahualpa por delante, Rumiñahui ingresó triunfal a Quito y es ahí donde se le pierde la pista al cuerpo del último Inca. Alguna vez he pensado que a lo mejor Rumiñahui necesitaba el cuerpo de Atahualpa para poder organizar desde ahí la resistencia global al invasor. Pero es difícil pensar en esos términos pues los quiteños, antes de dar la media vuelta y volver a Quito… habían decidido incendiar el Cusco.
Es hora de recordar que si Pizarro y los suyos cabalgaron a toda prisa al Cusco no fue para dar batalla, sino para apagar a tiempo los incendios que por doquier habían desatado Quisquis y sus demás seguidores quiteños antes de replegarse. Esas heridas también van por buen camino y sin duda el hallazgo del cuerpo de Atahualpa, de confirmarse, sería una alegría para todos.
Me cuesta despedirme sin recordar una escena más de la pluma de Pedro Pizarro. El cronista ingresó al día siguiente de la ejecución a los aposentos de Atahualpa y encontró sus mujeres y hermanas que lo buscaban y llamaban con voz dulce: Inca, ¿Dónde estás? ¿Inca, dónde estás? ¿Maypin canqui, Inca? Y 480 años después, estamos llamándolo todavía. Gracias por la atención. (más…)
Rayos y truenos sobre otra Lima nuestra
| 21 febrero, 2012 | Publicado en Todas |
¿Se ha producido de verdad un calentamiento climático enorme? ¿Será posible, como acabamos de comprobar, que pueda haber truenos y relámpagos sobre Lima? ¿Anuncian estas señales el panorama sombrío de un año, 2012, de por sí cargado de contenido apocalíptico? ¿Es la primera vez que en Lima se sufre de truenos y relámpagos?
Un almanaque en nuestro auxilio
Son muchas preguntas para cualquiera, excepto la última. Nuestra falta de memoria lo explica todo. En mi tiempo, por ejemplo, hubo algo semejante la noche que se casó Roberto Challe, enero de 1970, resultando incluso una víctima mortal a consecuencia del tiempo inclemente.
Pero la memoria es más larga que el tiempo de uno. El otro día, por ejemplo, mientras aguardaba en la Biblioteca Nacional del Perú unos diarios de los noventas, llamó mi atención un catálogo del Almanaque Peruano o Guía de Forasteros, publicación anual que abarcó el último tramo de fines del XVIII e inicios del XIX. Allí se registraban, año tras año, los sucesos y fenómenos meteorológicos de mayor interés.
En concreto me refiero al almanaque de 1804 que nos aguardaba con una sorpresa: truenos y relámpagos sobre el cielo de una Lima especialmente cálida y casi siempre desprotegida.
Un parpadeo más y ya estábamos en pleno año de 1804, año bisiesto como el 2012 y también un año iniciado en el día del señor. El doctor Gabriel Moreno, autor de la Guía de Forasteros de ese año, empieza subrayando el carácter especialmente caluroso del verano de 1804. El calor, dice él, fue ascendiendo progresivamente hasta llegar a 23 grados el 16 de enero.
Continuo sudor y languidez
Una vez allí, la temperatura se mantuvo estacionaria por 30 días y a partir del 15 de febrero el calor volvió a subir. Y subió, dice nuestra fuente, “con un orden y ascenso que nunca se había visto y el 5 de marzo el termómetro llegó a 26 grados a partir de ahí volvió a bajar; aunque siempre por encima de los 23 grados.
1804. Hacia 24 años de la rebelión de Túpac Amaru. La crisis napoleónica estaba por alterar Europa y abrir el camino a la crisis de emancipación que nosotros empezaríamos a vivir en los siguientes años.
De momento nada parecía incomodar el verano colonial de una Lima silente y, si acaso, preocupada como ahora por los rigores del calor. “Los cuerpos estaban en continuo sudor y alguna languidez”, dice la Guía de Forasteros y, con relativo orgullo, señala que no “se notó epidemia alguna y cesaron las fiebres eruptivas y las viruelas siguieron pocas y mitigadas”.
Atención. La referencia a cuerpos de pronto sudorosos bajo el inclemente sol de 1804 o sometidos a una sobrecogedora languidez representa, en este verraco verano de 2012, una referencia absolutamente contemporánea. Hoy también andamos sudorosos y lánguidos… pero ya quisiéramos que el termómetro marcase los 23 y no los 30 grados cotidianos de este vigésimoprimer siglo. Pero, volvamos al reporte del doctor Gabriel Moreno, Cosmógrafo Mayor del Reino, discípulo del gran Cosme Bueno y profesor, a su vez, de Hipólito Unanue. Volvamos a la Lima de 1804, calurosa y con epidemias controladas
Abril lluvias mil
Otra cosa eran las aguas que empezaron a bajar en marzo, a consecuencia de las lluvias serranas. Incontrolables como casi siempre, las “aguas fueron tan abundantes que el río salió de su margen derecha y padeció algo el Paseo militar”. Ojo, lo que recordamos como Paseo de Aguas se llamaba Paseo Militar. Como fuese, el río estuvo cargado todo abril.
Hasta que llegó el 19 de abril de 1804. Ya por la tarde de aquel extraño jueves “comenzó la atmósfera a obscurecerse y aparecieron hacia el oeste y sur algunas nubes negras con aspecto tempestuoso”.
El Almanaque recuerda que “un sujeto experimentado, recién venido de Europa, dijo le parecía amagar alguna tempestad” y seguramente algún conocedor le estaba explicando al europeo que no se preocupe, que ese cielo cargadísimo era pura finta… hasta que se iluminó la noche y, casi de inmediato, un trueno estremeció la ciudad. Era solamente el inicio.
Como fuegos artificiales
Los relámpagos empezaron a sentirse desde las siete de la noche. Se los veía, dice el doctor Gabriel Moreno, “que corrían de norte a este” y se fueron repitiendo durante casi cinco horas, cinco. El reloj marcaba las once y media de la noche del 19 de abril de 1804. Las iglesias se habían abierto y lucían abarrotadas de fieles afanosos por afrontar cualquier desgracia en la casa del Señor o dispuestos a contribuir con oraciones a mitigar la ira divina. Todo era llanto y queja aquella noche de otoño. Algunos ya pensaban cómo sacar en procesión a las más milagrosas imágenes. Y faltando media hora para la medianoche… empezó lo bueno.
En el castigado horizonte de esa Lima de abril de 1804 apareció un relámpago espectacular, el más intenso de todos, capaz de sacar de cuadro a una población que no conocía la luz artificial. El buen doctor Moreno, que compartió el susto con todos los vecinos, supo poner muy bien en contexto las referencias con las cuales transmitir a los lectores del Almanaque la intensidad de semejante resplandor.
Fue un relámpago que, en palabras del doctor Moreno, “iluminó el aire por algún tiempo, de modo que se alumbraron las piezas interiores y fuera podría haberse leído cualquier papel”. Habitaciones interiores de una mansión de pronto iluminadas, posibilidad de leer de noche un papel en los extramuros de una casa. Ambas son hoy situaciones tan comunes como andar a pie. Sin embargo, en 1804, representaban lo imposible, lo inaudito, lo misterioso, lo paranormal y, acaso, alguna señal del fin de los tiempos que, seamos sinceros, siempre ha estado cercano.
El día en plena noche
El baile se puso intenso, pues tras dar los parámetros humanos del relámpago sin par, la pluma de Moreno se concentró en el bramido maligno que le sucedió. “A ese relámpago”, dice, “siguió un trueno formidable que conmovió la ciudad y la llenó de susto, por no tener memoria de haber oído otro semejante”. Hombre de ciencia y digno representante de la ilustración, Moreno calculó en dos segundos dos décimas la distancia entre el inicio de la iluminación y el tronar incontenible.
Una hora después, doce y media de la noche, se repitió otro relámpago casi con el mismo estrépito, aunque esta vez la iluminación y el sonido distaron entre sí solamente un segundo con cuatro décimas
A la una y media, ya en plena madrugada del viernes 20 de abril de 1804, se produjeron otros dos casi consecutivos. Los relámpagos se aproximaban al litoral viniendo desde el oeste, acaso empujados por algún viento brasilero como el que ocasionó los truenos de hace semanas. Felizmente las ocurrencias ya sonaban remisas, iban disminuyendo y se alejaban por el cielo de Chorrillos, acaso acariciando el sueño de un mozalbete de 22 años, pescador e hijo de pescadores, llamado José y apellidado Olaya. Ah, Balandra por su santa madrecita. Gracias por la atención.










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